Por: Andrés García
Llevamos diecinueve días en paro, un paro que ha dejado más muertos que en cualquier otro país de la región, y un sinnúmero de heridos. Varios análisis han arrojado como conclusión que lo mejor es negociar y terminar el paro, los noticieros centran sus noticias en las perdidas que está dejando el paro, y muchas personas que tienen pequeños y medianos negocios imploran porque el paro se levante para poder equilibrar un poco sus ingresos y así no caer en la pobreza; y es que la pobreza en Colombia es de tales dimensiones que según el DANE en Colombia hay veintiún millones de personas en estado de pobreza, creería que la cifra es mayor por los criterios sobre los que establecen dichos estándares de pobreza. Sin embargo, el paro no se levanta.
He escuchado a varias personas de la Primera Línea afirmando tener todo el tiempo para resistir, que la lucha ya no es por las reformas del gobierno, es simplemente que en este país desde hace mucho tiempo no se puede soñar, no se puede planear un futuro porque ni siquiera el presente está seguro. Vivimos en un país donde más de la mitad de la población no tiene derechos efectivos, y eso que estamos –según el ex-presidente Uribe Vélez- en una de las democracias más fuertes, déjeme decirle señor Uribe Vélez que una democracia no es tal por el mero hecho de salir a votar el día de las elecciones, no.
La democracia está fundada en los principios expuestos por la revolución francesa “igualdad, libertad y fraternidad”, nuestra democracia se fundó bajo dichos principios, se puede decir que somos hijos de la revolución francesa, pero sin haber luchado por dichos principios. Los lideres de la independencia lucharon por su libertad, pero no por la libertad de su pueblo, y así construyeron una democracia ilustrada pero sin negros, sin indígenas, sin mujeres, sin pobres, una democracia en la que sólo los ilustrados –los que tenían conocimientos académicos- y los rico eran ciudadanos; el resto, era sólo una masa amorfa de gente que existía para que ellos pudieran practicar su democracia.
Y así se fue estructurando este país que con el paso del tiempo le fue otorgando derechos de papel a los nadie, hasta que todos llegamos a ser ciudadanos de papel, cuyo principal objetivo era sostener una clase privilegiada que hasta el día de hoy se ha sostenido en el gobierno. Un gobierno que gobierna con pluma y con plomo. Sin embargo, a esta clase dirigente se le ha
olvidado que la democracia está fundada no sólo en la igualdad ante la ley sino en la igualdad de oportunidades las cuales se consiguen por medio de la igualdad en educación, cosa que aquí no hay, pues los hijos de los dirigentes terminan su escolaridad hablando varios idiomas, escribiendo ensayos sobre derechos humanos, y realizando ecuaciones de tercer grado, y los hijos de los otros a duras penas leen, escriben, suman y restan. Unos son educados para dirigir y los otros para sostenerlos. Esto no es una democracia, es un despotismo enmascarado con discursos demagógicos.
La democracia está fundada en la libertad, es decir el poder de decidir qué hacer de nuestra vida; pero esta libertad sólo se puede dar en un sistema democrático, es decir en el que el mismo pueblo se forje sus propias condiciones de vida, y en esto consiste la gran riqueza de la democracia no en elegir a sus gobernantes, sino en construir entre todos las mejores condiciones de vida deseada, y esto sólo lo puede hacer un pueblo unido, que deja a un lado las diferencias para trabajar por un presente en el cual la vida sea digna de vivirla, es decir que la experiencia humana sea tal que todos queramos vivirla y que el futuro no sea un camino incierto sino un bello horizonte que nos marca el camino.
No se nos puede olvidar que para construir un presente en el que haya las condiciones dignas de vida y un futuro en el cual queramos estar es imprescindible que los lazos fraternos estén cada vez más fuertes, pues –como lo dijo Aristóteles- somos animales políticos, es decir sociales, solamente en comunidad podemos desarrollar todas y cada una de nuestras habilidades, solamente en comunidad podemos desplegar toda nuestra potencialidad y tener la mejor experiencia humana posible, pues en la comunidad desarrollamos nuestras habilidades y las ponemos al servicio de los otros, porque no somos individuos aislados, somos sujetos políticos, y por lo tanto, todos somos para todos.
Y justamente esto es lo que están mostrando y nos están enseñando los ciudadanos de la Primera línea. Han dejado atrás sus diferencias porque se dieron cuenta que el enemigo no es el otro (el que piensa diferente, el que gusta de otro equipo, el que vive en otro barrio, etc.), el enemigo es el Estado. Un Estado que nunca los ha tenido en cuenta, que los vulnera, que los ningunea. Un Estado que desde hace mucho, tal vez desde su nacimiento, nació corrupto, y que su único objetivo no es el bienestar de sus ciudadanos sino el de vivir como reyes, príncipes y demás cortesanos; es tanto así que aquí cuando nos encontramos al jefe haciendo una fila le damos nuestro puesto, y a cualquier mando medio le decimos doctor y le hacemos la venia. El Estado colombiano no es más que un monstruo que cubre su despotismo con leyes.
El Estado colombiano es desde hace mucho tiempo un monstruo que nos come de a poco, nos va quitando la vida quitándonos los sueños, la esperanza de un mejor mañana, y lo ha hecho por tanto tiempo eliminando a los líderes y lideresas que han luchado desde sus territorios por un mundo mejor, no se nos puede olvidar los 753 líderes y lideresas asesinados en Colombia entre 2016 y 2020, y 62 en lo que va del presente año, tampoco se nos puede olvidar quienes apostaron por la paz y firmaron el acuerdo, ya son 22 ex combatientes asesinados en lo que va del presente año, según Indepaz. El día de ayer el ministro de defensa señaló a reconocidos líderes de Popayán como miembros de la disidencia de las FARC, cuando en realidad son miembros activos de la sociedad que trabajan por un mejor país, como lo son Daniel Gallego estudiante de filosofía de la Universidad del Cauca y defensor de derechos humanos, Andrés Maíz también defensor de derechos humanos y gestor cultural, y Andrés Duque estudiante de la Universidad que articulando la academia con las necesidades sociales trabaja por un futuro esperanzador. Lo que hace el ministro al señalar a estos líderes como a tantos otros no es más que poner en práctica la doctrina del enemigo interno que consiste en condenar a quienes pensamos diferente para intentar acallar la dignidad de un pueblo.
Los líderes sociales y la primera línea son la resistencia que hoy continúa en las calles y que ya no sólo es para que no nos suban impuestos, sino también para que no nos sigan pisoteando, para que no nos sigan estigmatizando por trabajar por un mejor país, por soñar, es por la dignidad de un pueblo que ha sido explotado desde siempre, que no ha sido reconocido como igual, que no ha sido reconocido como un sujeto político, pero que justo ahora está dejando de ser esa masa amorfa para convertirse en un sujeto político que exige y no negocia sus derechos. El derecho de vivir en paz, en una paz digna.
El Estado moderno democrático no es una institución que debe ser respetada per se, es una institución creada con el objetivo de que nadie pase por encima de nadie, que los recursos sean distribuidos de tal manera que todos disfruten de la experiencia humana dignamente, y un Estado que le ha dado la espalda a su deber democrático debe ser tratado como un monstruo que devora a su pueblo. Como decía Carlos Gaviria Díaz “no somos una democracia, somos un pueblo con una vocación democrática”, y es esta vocación, esta consciencia de dignidad la que nos debe llevar a permanecer en resistencia.

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