Por: Andrés García
![]() |
| Fuente: Edwin Morales |
Ayer escuché un par de horas la sesión del congreso en el que se debatía la moción de censura contra el ministro de defensa, Diego Molano. Escuché varias intervenciones a favor y en contra del ministro; escuché razones por las que se están dando las manifestaciones, desde el problema estructural que ha sumido a Colombia en la pobreza y ha hecho que la franja entre ricos y pobres sea cada vez más amplia hasta las condiciones de vida de gran parte de los colombianos que están hoy en las calles, simple y llanamente porque no tienen nada que comer; escuché, por otro lado, por qué no se comparaba a Colombia con los regímenes llevados a cabo por la Unión Soviética, por Cuba o la China comunista de Mao en las que se vulneraron los derechos humanos y miles de personas fueron asesinadas, y sí se le comparaba con las dictaduras sufridas en el cono sur, como las de Chile y Argentina. Escuché finalmente al ministro afirmando que los agentes de la fuerza pública han actuado siempre respetando la protesta pacífica, que él –como demócrata- aplaude las expresiones pacíficas, pero que nunca va a permitir que unos vándalos organizados violenten el orden y bienes públicos y privados, porque para él –como para los partidos de gobierno- las protestas en Colombia no son la expresión espontánea del malestar de un pueblo sino un complot organizado ya sea por la oposición política o grupos armados al margen de la ley.
Lo que escuché ayer desde el congreso de la República no fue un debate, ni siquiera una conversación, lo que se llevó a cabo se puede expresar con la frase “diálogo de sordos”, porque nadie se dio el trabajo de escuchar a los otros, todos llevaban sus discursos elaborados para decirlos en el recinto, pero ninguno escuchó a nadie. Todo el mundo ya sabía antes del debate qué posición tomaría, mejor dicho, el debate no tenía sentido. Y no tenía sentido porque en un debate se exponen razones a favor y en contra, y a partir de tales razones se toma una decisión. Para que un debate se lleve a cabo es necesario que todos los que están debatiendo se escuchen, de lo contrario no hay tal.
Un debate al igual que una conversación es el encuentro para escuchar al que piensa diferente, para sopesar sus puntos de vistas, sus argumentos y los nuestros, no podemos llevar a cabo un debate o una conversación si no estamos dispuestos a escuchar al otro, y a escucharlo realmente es decir, con la posibilidad de que el otro tenga la razón y por defecto yo esté equivocado. Desde esta perspectiva un debate o una conversación necesitan de una condición mínima para que este se pueda dar, y es estar dispuestos a alcanzar un estado de cosas que sea compartido por todos,
en otras palabras: la verdad. No se puede ir a un debate con la verdad bajo el brazo, porque justamente lo que se está poniendo en juicio es dicha verdad; en un debate o en una conversación estamos totalmente expuestos ante la posibilidad que los argumentos del otro sean mejores que los míos, y por lo tanto tenga que aceptar su verdad, que ha sido soportada por los argumentos aportados.
Escuché a una senadora diciendo que en una democracia la gente civilizada habla y no utiliza las acciones violentas, y que éstas son la expresión de los vándalos. Por estos días está rotando un video en el cual se ve al presidente de Colombia contestar una “entrevista” sin entrevistador en la que sólo habla él, en la que aparece solo él dirigiéndose a otro que nunca aparece en pantalla explicando desde su propio mundo lo que está pasando en Colombia. Lo que vi en el Senado como en la “entrevista” es un discurso sobre lo que sucede en nuestro país, pero sin escuchar al otro, al que piensa diferente, al excluido. Yo me pregunto ¿qué le queda a un pueblo que durante décadas ha gritado para ser escuchado y nunca lo ha sido?
Es cierto que en una democracia fuerte el diálogo es lo más importante, porque es a partir de la diferencia que se va construyendo el proyecto de país en el que todos están. Pero Colombia ha sido desde su nacimiento el proyecto de unos pocos para ellos mismos, un proyecto en el que la gran mayoría ha quedado por fuera. No se nos puede olvidar que fue precisamente por no sentirse escuchado que surgieron las guerrillas en las décadas del cincuenta y sesenta, porque acallaron la voz que se alzó en nombre de todos aquellos que no la alzaban: porque mataron a Gaitán. Y de ahí se inició otro periodo de la violencia en Colombia, por no escuchar.
La violencia (como cualquier acción que vulnere los derechos de los demás) no es un fin en sí mismo, es un medio, y parece que es el medio de los que no son escuchados con el fin de que en algún momento se escuche su voz y sus demandas, si son justificadas sean solucionadas. Escuchaba en el congreso que los bloqueos son violentos porque vulneran los derechos de la libre movilidad de los que no participan en ellos, esto es cierto; pero no se nos puede olvidar que aquí no sólo entran en conflicto el derecho a la protesta y el de la libre movilidad, porque el derecho a la protesta no es un derecho en sí mismo, es la expresión de que algo no está funcionando bien, y eso que no está funcionando son las condiciones de vida digna que merecemos todos los colombianos, y ante esto, el derecho a la protesta debe primar sobre el derecho a la libre movilidad.
El domingo Germán Vargas Lleras le solicitaba al presidente que declarara el Estado de excepción, me parece curioso que unos dirigentes que se proclaman como democráticos estén considerando la medida más antidemocrática posible, porque con él lo que ponen entre paréntesis es precisamente la participación democrática de un pueblo que lo único que exige son mejores condiciones de vida. El Estado colombiano es un monstruo ciego y sordo que se ha diluido en una marisma burocrática en la que nadie responde y el ciudadano parece no ser ciudadano de ninguna parte, por lo menos en lo que a derechos corresponde. El Estado colombiano es una institución en cuyo contrato social entraron los poderosos para ser protegidos de la rabia de una ciudadanía que exige el reconocimiento de su dignidad.
Señor presidente, la ciudadanía tiene rabia, digna rabia, y esta se presenta cuando ante el estado de cosas se tiene la más mínima certeza de que ese estado de cosas podría ser diferente, y si ante dicha certeza usted y los suyos siguen repitiendo que no hubo otra opción y que vivimos en el mejor de los mundos posibles, no nos queda otra opción que la violencia como único medio para que el estado de cosas cambie.

No hay comentarios:
Publicar un comentario