Por: Andrés García
Colombia no es un país que se interese por las cuestiones políticas, aquí la política se ha visto como el negocio de los más “vivos” para apropiarse de los recursos del Estado, una institución que le es extraña al colombiano de a píe y, tal vez por eso, no hemos sido un país de luchas sociales, nos han educado de tal forma que ser buen ciudadano es acatar las leyes, aunque éstas sean tiránicas y lesivas para el bienestar de la gran mayoría, nos han educado de tal forma que la ciudadanía la han reducido sólo para legitimar a los gobernantes por medio del voto, no hemos tenido una educación que nos forme como ciudadanos de una democracia, sino más bien como súbditos de una plutocracia donde nuestros derechos son meramente nominales y bajo condicionantes de la buena conducta.
Sin embargo, los colombianos no hemos sido bobos aunque hemos dejado de ser sujetos políticos, y aprendimos a jugar con las reglas de los poderosos y a aprovechar los vacíos que deja la ley para salirnos con la nuestra sin ser castigados, así es que la clase política roba billones y pasa unos años de cárcel en su mansión sin devolver el dinero, y en la medida de cada quien todo el mundo hace lo mismo, no en vano tenemos frases como “hecha la ley, hecha la trampa”. Somos un país que se mueve por fuera de la política, entendiendo esta como la reunión del pueblo para solucionar sus problemas por medios no-violentos es decir, por medio de las palabras, de los debates argumentativos, y colocando de lado nuestros propios intereses por los intereses comunitarios. Somos un país que entendió que las leyes han sido creadas para robar –a los de abajo- y por eso le hacemos trampa a ley, el problema con esto es que rompimos la forma política de relacionarnos con los otros, y por esto mismo es que el que piense diferente es nuestro enemigo.
Hay dos formas de relacionarnos con los otros, por medio de los lazos comunitarios en donde todos formamos parte de la comunidad y las leyes –que existe- están interiorizadas en la comunidad porque romperlas es romper la comunidad; la otra forma son las leyes políticas es decir, reglas que nos permiten evitar o dirimir los conflictos con el otro sin la eliminación del otro, esto nos lleva a una convivencia dejándonos ser en medio de la diferencia, pero esto falla en una sociedad que queda más bien reducida a un agregado de personas cuando cada uno busca sólo su interés propio.
Sin embargo, hoy cuando salí al plantón de la calle quinta me encontré con un sinnúmero de personas que estaban cantando y bailando en medio de la desobediencia civil porque consideran que a las leyes lesivas ya no hay que hacerles la trampa sino afrontarlas de frente, de plantarse con los píes firmes sobre la tierra y mandar un mensaje a los plutócratas del país que somos capaces de unirnos para decir: ya no más. Que nosotros los colombianos podemos unirnos no solo para festejar las victorias pírricas de la selección sino que también podemos unirnos para decirle a nuestros gobiernos (local, regional, nacional) que ya no cuentan con nuestra anuencia para seguir enriqueciéndose a nuestra costa.
Hoy vi en la calle a un pueblo que está probando la dignidad de la democracia por medio de la desobediencia civil. Y es que esto implica varios aspectos que hacen que la democracia se fortalezca considerablemente, en primer lugar, porque la desobediencia civil es la consecuencia de una ciudadanía autónoma y soberana pues por ella misma decide no seguir agachando la cabeza y ante un
a prohibición de movilidad, como lo es el toque de queda, decide hacerse soberana y salir a las calles a protestar, a hacerle frente a los gobernantes opresores incluso con riesgo de ser castigados, y desde esta perspectiva son absolutamente soberanos porque salen a pesar de las amenazas, a pesar del miedo no sólo jurídico sino del contagio, pero –como el lema que está a la vanguardia de estas protestas- “un pueblo que marcha en plena pandemia es porque el gobierno es peor que el virus”.
Y ante un gobierno que es peor que el virus lo único que queda es la resistencia por medio de la desobediencia civil. Un recurso de la democracia que le recuerda no sólo al pueblo sino a los gobernantes que la democracia no es una monarquía donde el rey ordena y los súbditos obedecen, no. La democracia es ese modelo político en el que el poder reside en el pueblo, y no sólo para elegir –como se ha reducido en Colombia- sino para que los gobernantes no pasen por encima de su pueblo, porque en la democracia los gobernantes se deben a su pueblo. Y este es precisamente el mensaje que está dando el pueblo colombiano a sus gobernantes.
El autor de “la desobediencia civil” Henry David Thoureau, se negó a pagar un impuesto para la iglesia y por esta razón estuvo preso y en esa estancia en la cárcel reflexionó sobre las leyes que se deben dar
en una democracia, y que no sólo por el hecho de ser leyes deben de ser cumplidas porque una ley no debe ser obedecida por el mero hecho de ser ley, esta es la razón por la cual la democracia sólo se puede dar en sociedades maduras y, porque sólo en ellas sus ciudadanos pueden evaluar las leyes y decidir si son lo suficientemente razonables para ser cumplidas y de no ser así, entonces la desobediencia civil se convierte en un deber, como fue el caso del toque de queda en Cali el primero de mayo y a pesar de él las calles se llenaron de personas que en su libre albedrío consideraron que hay que hacerle frente a la tiranía solapada con la que nos están gobernando.
Salir a las calles en pleno toque de queda a protestar implica también un enorme valor político porque se les dice a los gobernantes que sus leyes y decretos ya no importan, y en ese sentido somos nosotros –el pueblo- el que tiene el poder que de saberlo ejercer puede cambiar el rumbo de un país. Hoy hemos demostrado que tenemos el poder, ¿sabremos qué hacer con él?

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