miércoles, 23 de junio de 2021

COLOMBIA: UN PAÍS DESMEMBRADO

Por: Andrés García 

Fuente: Matador

En los últimos días nos hemos encontrado con cabezas en bolsas de plástico, cuerpos desmembrados tirados en los canales de aguas lluvia, dejados en los callejones y en los parques de las principales ciudades. Algunas personas alzan su voz y dicen que no es nada nuevo, que esto es lo que ha vivido el campo colombiano desde hace más de veinte años, que la única diferencia es que ahora la violencia se está viviendo en las ciudades, que estos horrores no son nuevos, han sido el pan de cada día de miles de campesinos colombianos, y que hoy empiezan a llenar los portales virtuales de miles de personas.

Aunque oficialmente ya se levantó el paro nacional, muchos ciudadanos siguen en las calles reclamando derechos que les han sido negados desde siempre, pues sus derechos se convirtieron en servicios, y la gran diferencia entre ellos es que a los primeros se puede acceder por derecho y a los segundos sólo si se tiene un poder adquisitivo, es decir dinero. Desde esta perspectiva, los derechos se han convertido en privilegios a los que sólo pueden acceder quienes pueden pagarlos, los pobres se han quedado sin derechos.

Los derechos básicos como la educación, la salud, la vivienda digna, la alimentación, se han convertido en una moneda que sirve para retribuir por favores partidistas, o en el mejor de los casos han quedado en manos de la iglesia que convierte los derechos en una acción compasiva, y por eso indigna de un ciudadano en una democracia. No se nos puede olvidar que los derechos humanos se instituyeron con el objetivo de reivindicar la dignidad humana, es decir el valor de lo humano, y por eso mismo cualquier derecho que sea negado o negociado no es más que un atentado contra la dignidad de los ciudadanos; y si dichos derechos son efectivos bajo la luz de la caridad lo que hacen es rebajar al hombre a un estado de inferioridad, no sólo ante dios sino también ante los otros hombres, y así el principio de la democracia moderna de que todos los hombres somos iguales se desvanece en el aire. 

Esto es lo que ha pasado en Colombia, los derechos humanos se han desvanecido en el aire y con ellos la dignidad humana, y con esta el principio de la igualdad entre los hombres. En Colombia los hombres nunca han sido iguales ni en derechos ni ante la ley, pues como lo afirma el refrán popular “la ley es para los de ruana” es decir, para los pobres; esto se ha evidenciado cuando algún político desfalca los recursos de la Nación por billones y su condena se reduce a casa por cárcel y sin devolver lo robado, pero los pobres sí son condenados a largos periodos en prisión. ¿No deberían ser más penalizados los delitos en contra del erario? Por supuesto, los delitos en contra de los dineros de la Nación deberían ser los más delicados y por lo mismo los sancionados con mayor dureza. Pero no es el caso, y no lo es, porque en Colombia los políticos no son iguales a los demás ciudadanos, ellos utilizan las leyes a su favor; en este caso se puede afirmar como Marx que el Estado es un instrumento utilizado por los políticos para oprimir a los ciudadanos.

El Estado democrático se instituyó con el fin de que las instituciones Estatales beneficiaran a los ciudadanos y los políticos se instituyeron como servidores públicos, es decir como ciudadanos al servicio de sus conciudadanos con el fin de que todos, como miembros iguales en derechos y obligaciones, gozáramos de una vida digna. Esto lo recuerdan los países socialdemócratas del norte de Europa como Suecia, Dinamarca, Noruega, entre otros, donde los salarios de los servidores públicos son básicamente iguales a los de cualquier ciudadano, no como en Colombia donde la diferencia entre el salario mínimo y un servidor público puede ser de cuarenta veces más a favor del servidor público.

En Colombia los servidores públicos se pueden considerar como los cortesanos en las antiguas cortes cuando la democracia apenas era un sueño y la igualdad entre los hombres una utopía, porque a la vista saltan las diferencias que hay entre los hombres cuando se los valora por su riqueza material, por su poder adquisitivo. De esta manera podemos decir que en Colombia el valor de la vida de un hombre está directamente ligada a la posición socioeconómica que ocupa en la sociedad, si es rico su vida tiene gran valor pero si es pobre su vida no vale nada. Esto ha quedado totalmente evidenciado con el actuar de la “gente de bien” que salió a apoyar a las fuerzas policiales con armas de largo y corto alcance a disparar contra los ciudadanos que exigen sus derechos.

Y ahora, estos mismos jóvenes que han venido exigiendo sus derechos, que se han parado de frente a un gobierno que no sólo los ha excluido sino también invisibilizado, van apareciendo sus cuerpos desmembrados en bolsas plásticas en los caños, en las plazas de las grandes ciudades. Estas acciones no son asesinatos sin más, son macabros mensajes que dice que las vidas de estas personas no valen nada, que sus exigencias no importan, y que todos aquellos que quieren seguir exigiendo sus derechos terminarán igual a como lo hicieron los españoles con José Antonio Galán y Camilo Torres Tenorio cuyos cuerpos fueron desmembrados y expuestos a la vista pública para que todos tuvieran claro lo que les esperaba si seguían luchando por una vida digna.

Sólo una sociedad que está muy enferma es capaz de continuar imperturbable ante semejante espectáculo, y aún más de atreverse a justificarlo bajo la sombra de la duda de ¿quién sabe que habrán hecho? Solamente un país desmembrado moralmente es capaz de justificar tal barbarie.



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