miércoles, 23 de junio de 2021

COLOMBIA: UN PAÍS DESMEMBRADO

Por: Andrés García 

Fuente: Matador

En los últimos días nos hemos encontrado con cabezas en bolsas de plástico, cuerpos desmembrados tirados en los canales de aguas lluvia, dejados en los callejones y en los parques de las principales ciudades. Algunas personas alzan su voz y dicen que no es nada nuevo, que esto es lo que ha vivido el campo colombiano desde hace más de veinte años, que la única diferencia es que ahora la violencia se está viviendo en las ciudades, que estos horrores no son nuevos, han sido el pan de cada día de miles de campesinos colombianos, y que hoy empiezan a llenar los portales virtuales de miles de personas.

Aunque oficialmente ya se levantó el paro nacional, muchos ciudadanos siguen en las calles reclamando derechos que les han sido negados desde siempre, pues sus derechos se convirtieron en servicios, y la gran diferencia entre ellos es que a los primeros se puede acceder por derecho y a los segundos sólo si se tiene un poder adquisitivo, es decir dinero. Desde esta perspectiva, los derechos se han convertido en privilegios a los que sólo pueden acceder quienes pueden pagarlos, los pobres se han quedado sin derechos.

Los derechos básicos como la educación, la salud, la vivienda digna, la alimentación, se han convertido en una moneda que sirve para retribuir por favores partidistas, o en el mejor de los casos han quedado en manos de la iglesia que convierte los derechos en una acción compasiva, y por eso indigna de un ciudadano en una democracia. No se nos puede olvidar que los derechos humanos se instituyeron con el objetivo de reivindicar la dignidad humana, es decir el valor de lo humano, y por eso mismo cualquier derecho que sea negado o negociado no es más que un atentado contra la dignidad de los ciudadanos; y si dichos derechos son efectivos bajo la luz de la caridad lo que hacen es rebajar al hombre a un estado de inferioridad, no sólo ante dios sino también ante los otros hombres, y así el principio de la democracia moderna de que todos los hombres somos iguales se desvanece en el aire. 

Esto es lo que ha pasado en Colombia, los derechos humanos se han desvanecido en el aire y con ellos la dignidad humana, y con esta el principio de la igualdad entre los hombres. En Colombia los hombres nunca han sido iguales ni en derechos ni ante la ley, pues como lo afirma el refrán popular “la ley es para los de ruana” es decir, para los pobres; esto se ha evidenciado cuando algún político desfalca los recursos de la Nación por billones y su condena se reduce a casa por cárcel y sin devolver lo robado, pero los pobres sí son condenados a largos periodos en prisión. ¿No deberían ser más penalizados los delitos en contra del erario? Por supuesto, los delitos en contra de los dineros de la Nación deberían ser los más delicados y por lo mismo los sancionados con mayor dureza. Pero no es el caso, y no lo es, porque en Colombia los políticos no son iguales a los demás ciudadanos, ellos utilizan las leyes a su favor; en este caso se puede afirmar como Marx que el Estado es un instrumento utilizado por los políticos para oprimir a los ciudadanos.

El Estado democrático se instituyó con el fin de que las instituciones Estatales beneficiaran a los ciudadanos y los políticos se instituyeron como servidores públicos, es decir como ciudadanos al servicio de sus conciudadanos con el fin de que todos, como miembros iguales en derechos y obligaciones, gozáramos de una vida digna. Esto lo recuerdan los países socialdemócratas del norte de Europa como Suecia, Dinamarca, Noruega, entre otros, donde los salarios de los servidores públicos son básicamente iguales a los de cualquier ciudadano, no como en Colombia donde la diferencia entre el salario mínimo y un servidor público puede ser de cuarenta veces más a favor del servidor público.

En Colombia los servidores públicos se pueden considerar como los cortesanos en las antiguas cortes cuando la democracia apenas era un sueño y la igualdad entre los hombres una utopía, porque a la vista saltan las diferencias que hay entre los hombres cuando se los valora por su riqueza material, por su poder adquisitivo. De esta manera podemos decir que en Colombia el valor de la vida de un hombre está directamente ligada a la posición socioeconómica que ocupa en la sociedad, si es rico su vida tiene gran valor pero si es pobre su vida no vale nada. Esto ha quedado totalmente evidenciado con el actuar de la “gente de bien” que salió a apoyar a las fuerzas policiales con armas de largo y corto alcance a disparar contra los ciudadanos que exigen sus derechos.

Y ahora, estos mismos jóvenes que han venido exigiendo sus derechos, que se han parado de frente a un gobierno que no sólo los ha excluido sino también invisibilizado, van apareciendo sus cuerpos desmembrados en bolsas plásticas en los caños, en las plazas de las grandes ciudades. Estas acciones no son asesinatos sin más, son macabros mensajes que dice que las vidas de estas personas no valen nada, que sus exigencias no importan, y que todos aquellos que quieren seguir exigiendo sus derechos terminarán igual a como lo hicieron los españoles con José Antonio Galán y Camilo Torres Tenorio cuyos cuerpos fueron desmembrados y expuestos a la vista pública para que todos tuvieran claro lo que les esperaba si seguían luchando por una vida digna.

Sólo una sociedad que está muy enferma es capaz de continuar imperturbable ante semejante espectáculo, y aún más de atreverse a justificarlo bajo la sombra de la duda de ¿quién sabe que habrán hecho? Solamente un país desmembrado moralmente es capaz de justificar tal barbarie.



COLOMBIANOS: EL ENEMIGO INTERNO - LA LÓGICA DE LA DICTADURA


Fuente: redaccionbogota
Por Andrés García

Después de más de cuarenta días en paro, los intentos de diálogo no prosperan pero las violaciones a los derechos humanos se multiplican de manera exponencial, los campos de batalla ya no son solamente las avenidas principales sino las pequeñas calles y callejones de los barrios que fueron tomando forma a raíz del desplazamiento sufrido por campesinos  que lo tenían todo y todo les quitaron los que se creen dueños de este país. Los sacaron de sus tierras para ponerlas a producir a gran escala con los monocultivos de palma, de caña de azúcar, la ganadería extensiva, o simplemente para el negocio de la cocaína. Los sacaron de sus tierras, de su mundo, de sus vidas, de su paraíso, para exponerlos a un mundo para el que no estaban preparados. Allá, en medio de la selva o en el litoral vivían como Adán y Eva, el plátano se les ofrecía así como los peces en el río o el mar, y los hijos salían y poblaban la tierra bendita que se extendía hasta el horizonte, de ahí fueron expulsados los hijos de la Colombia profunda por los que se creen príncipes y con derecho natural que hacen efectivo por la fuerza.

Ahora que estos hijos y nietos de la Colombia profunda han levantado el brazo y la voz para gritar basta, para pararse duro y resistir ya no a las condiciones a las que los llevaron las expropiaciones de la “gente de bien” sino ante ellos mismos, ante quienes los han llevado, a quienes nos han llevado a las condiciones de vida más indignas posibles en un país de extrema riqueza, para que las condiciones cambien, para que la dignidad sea la condición propia de la vida en Colombia, salen con todo el arsenal propio de una guerra a combatir a su propio pueblo.

Anoche nueve de junio, hubo en Cali al menos tres muertos y cuarenta heridos por fuego policial. El gobierno afirma que respeta la protesta pacífica pero que no va a consentir nada con los vándalos que bloquean las vías de la ciudad, esto quiere decir que está dando tratamiento de guerra a la población civil, y así lo afirma el informe de la Misión de solidaridad internacional y derechos humanos en el que se puede leer “que el Estado colombiano debe ser investigado por haber desplegado sobre la población civil indefensa, prácticas inscritas en la lógica bélica…”, como las propias que se presentan cuando hay un enemigo que pone en riesgo la soberanía de un país, como lo afirma a continuación “el Estado colombiano debe ser investigado por haber determinado como enemigo interior a la mayoría de su pueblo”.

El gobierno trata a sus ciudadanos como enemigos de la Nación que pretenden desestabilizar la soberanía de Colombia, pero lo que sucede es totalmente lo contrario, es el gobierno el que ha cooptado todas las instituciones nacionales con el único fin de lucrarse a costa del pueblo colombiano, pues todas las instituciones de la Nación están en manos del gobierno: la policía, la fiscalía, la procuraduría, la contraloría, la registraduría, el congreso, en otras palabras no hay garantías reales para el ejercicio pleno de la democracia en cuanto no hay equilibrio de poderes, se puede decir que Colombia ha sido secuestrada por los que ahora están en el gobierno. Esta es la razón por la que no ha habido diálogo, porque un gobierno que no representa los intereses del pueblo, que no le interesa su bienestar no tiene nada que dialogar con él.

Y esto lo ha dejado en claro en el último año en el cual ha invertido más en armamento y en uniformes para las fuerzas armadas a las que pertenece la policía que en inversión social, económica, y de salud en medio de una situación tan critica como la actual crisis. Este gobierno y todos sus aliados consideran a Colombia como una gran finca en la cual todos los que estamos en ella somos sus peones y si exigimos nuestros derechos somos considerados enemigos en cuanto que desestabilizamos su statu quo, su modus vivendi.

Solamente un gobierno que se reconoce como ilegítimo es capaz de tratar a sus ciudadanos como enemigos internos y descargar sobre él una práctica bélica que lo puede eliminar con el objetivo último de volverlo a postrar por la fuerza, a la inmovilización frente al miedo más básico que es el de perder la vida. Solamente una dictadura es la que le declara la guerra a su propio pueblo con la excusa del enemigo interno, basado en que es él quien sabe lo que más le conviene a su pueblo y que quienes no estén con él están contra él y merecen ser tratados como enemigos. Solamente en una dictadura crasa y pura en poco más de cuarenta días de paro puede haber más de ochenta muertos por fuego policial y militar, cientos de desaparecidos y heridos. Solamente en una dictadura un gobierno prefiere matar a sus ciudadanos en lugar de dialogar con ellos.


jueves, 3 de junio de 2021

LA VIOLENCIA: LA OPCIÓN ANTE UN GOBIERNO QUE NO VE Y QUE NO ESCUCHA.

Por: Andrés García                                                                          

Fuente: Edwin Morales

Ayer escuché un par de horas la sesión del congreso en el que se debatía la moción de censura contra el ministro de defensa, Diego Molano. Escuché varias intervenciones a favor y en contra del ministro; escuché razones por las que se están dando las manifestaciones, desde el problema estructural que ha sumido a Colombia en la pobreza y ha hecho que la franja entre ricos y pobres sea cada vez más amplia hasta las condiciones de vida de gran parte de los colombianos que están hoy en las calles, simple y llanamente porque no tienen nada que comer; escuché, por otro lado, por qué no se comparaba a Colombia con los regímenes llevados a cabo por la Unión Soviética, por Cuba o la China comunista de Mao en las que se vulneraron los derechos humanos y miles de personas fueron asesinadas, y sí se le comparaba con las dictaduras sufridas en el cono sur, como las de Chile y Argentina. Escuché finalmente al ministro afirmando que los agentes de la fuerza pública han actuado siempre respetando la protesta pacífica, que él –como demócrata- aplaude las expresiones pacíficas, pero que nunca va a permitir que unos vándalos organizados violenten el orden y bienes públicos y privados, porque para él –como para los partidos de gobierno- las protestas en Colombia no son la expresión espontánea del malestar de un pueblo sino un complot organizado ya sea por la oposición política o grupos armados al margen de la ley.

Lo que escuché ayer desde el congreso de la República no fue un debate, ni siquiera una conversación, lo que se llevó a cabo se puede expresar con la frase “diálogo de sordos”, porque nadie se dio el trabajo de escuchar a los otros, todos llevaban sus discursos elaborados para decirlos en el recinto, pero ninguno escuchó a nadie. Todo el mundo ya sabía antes del debate qué posición tomaría, mejor dicho, el debate no tenía sentido. Y no tenía sentido porque en un debate se exponen razones a favor y en contra, y a partir de tales razones se toma una decisión. Para que un debate se lleve a cabo es necesario que todos los que están debatiendo se escuchen, de lo contrario no hay tal.

Un debate al igual que una conversación es el encuentro para escuchar al que piensa diferente, para sopesar sus puntos de vistas, sus argumentos y los nuestros, no podemos llevar a cabo un debate o una conversación si no estamos dispuestos a escuchar al otro, y a escucharlo realmente es decir, con la posibilidad de que el otro tenga la razón y por defecto yo esté equivocado. Desde esta perspectiva un debate o una conversación necesitan de una condición mínima para que este se pueda dar, y es estar dispuestos a alcanzar un estado de cosas que sea compartido por todos,

en otras palabras: la verdad. No se puede ir a un debate con la verdad bajo el brazo, porque justamente lo que se está poniendo en juicio es dicha verdad; en un debate o en una conversación estamos totalmente expuestos ante la posibilidad que los argumentos del otro sean mejores que los míos, y por lo tanto tenga que aceptar su verdad, que ha sido soportada por los argumentos aportados.

Escuché a una senadora diciendo que en una democracia la gente civilizada habla y no utiliza las acciones violentas, y que éstas son la expresión de los vándalos. Por estos días está rotando un video en el cual se ve al presidente de Colombia contestar una “entrevista” sin entrevistador en la que sólo habla él, en la que aparece solo él dirigiéndose a otro que nunca aparece en pantalla explicando desde su propio mundo lo que está pasando en Colombia. Lo que vi en el Senado como en la “entrevista” es un discurso sobre lo que sucede en nuestro país, pero sin escuchar al otro, al que piensa diferente, al excluido. Yo me pregunto ¿qué le queda a un pueblo que durante décadas ha gritado para ser escuchado y nunca lo ha sido?

Es cierto que en una democracia fuerte el diálogo es lo más importante, porque es a partir de la diferencia que se va construyendo el proyecto de país en el que todos están. Pero Colombia ha sido desde su nacimiento el proyecto de unos pocos para ellos mismos, un proyecto en el que la gran mayoría ha quedado por fuera. No se nos puede olvidar que fue precisamente por no sentirse escuchado que surgieron las guerrillas en las décadas del cincuenta y sesenta, porque acallaron la voz que se alzó en nombre de todos aquellos que no la alzaban: porque mataron a Gaitán. Y de ahí se inició otro periodo de la violencia en Colombia, por no escuchar.

La violencia (como cualquier acción que vulnere los derechos de los demás) no es un fin en sí mismo, es un medio, y parece que es el medio de los que no son escuchados con el fin de que en algún momento se escuche su voz y sus demandas, si son justificadas sean solucionadas. Escuchaba en el congreso que los bloqueos son violentos porque vulneran los derechos de la libre movilidad de los que no participan en ellos, esto es cierto; pero no se nos puede olvidar que aquí no sólo entran en conflicto el derecho a la protesta y el de la libre movilidad, porque el derecho a la protesta no es un derecho en sí mismo, es la expresión de que algo no está funcionando bien, y eso que no está funcionando son las condiciones de vida digna que merecemos todos los colombianos, y ante esto, el derecho a la protesta debe primar sobre el derecho a la libre movilidad.

El domingo Germán Vargas Lleras le solicitaba al presidente que declarara el Estado de excepción, me parece curioso que unos dirigentes que se proclaman como democráticos estén considerando la medida más antidemocrática posible, porque con él lo que ponen entre paréntesis es precisamente la participación democrática de un pueblo que lo único que exige son mejores condiciones de vida. El Estado colombiano es un monstruo ciego y sordo que se ha diluido en una marisma burocrática en la que nadie responde y el ciudadano parece no ser ciudadano de ninguna parte, por lo menos en lo que a derechos corresponde. El Estado colombiano es una institución en cuyo contrato social entraron los poderosos para ser protegidos de la rabia de una ciudadanía que exige el reconocimiento de su dignidad.

Señor presidente, la ciudadanía tiene rabia, digna rabia, y esta se presenta cuando ante el estado de cosas se tiene la más mínima certeza de que ese estado de cosas podría ser diferente, y si ante dicha certeza usted y los suyos siguen repitiendo que no hubo otra opción y que vivimos en el mejor de los mundos posibles, no nos queda otra opción que la violencia como único medio para que el estado de cosas cambie.

COLOMBIA CON “P” DE PUER ROBUSTUS


Fuente: Oswaldo Guaysamín
                                          
Por: Andrés García

Esta mañana he visto una foto que me hizo recordar la expresión puer robustus, en ella se ve a un grupo de niños de no más de diez años jugando a hacer una barricada con escudos de cartón en los que se puede leer “primera línea” y solicitando auxilio “que no nos maten”, hay un niño vestido con un traje roído y la máscara de un cerdo sobre una caneca que está forrada con la bandera de Colombia, ellos están sobre una calle sin pavimentar y los techos de las casas son de láminas de zinc. Dice mucho que el sueño de estos niños sea estar en la primera línea, que los ciudadanos que están resistiendo contra el Estado sean su modelo a seguir; estos niños no juegan a resistir más bien han llevado su vida a un escenario para el cual todavía no están preparados pero no pueden obviar: el de la resistencia política.

Después de más de veinte días en resistencia, la ciudadanía salió de nuevo concurridamente a la marcha programada para el día miércoles diecinueve de mayo, de nuevo encontré no sólo a jóvenes sino también adultos y adultos mayores, todos unidos en torno a un solo grito por la dignidad de un pueblo que ha sido pisoteado por sus propios dirigentes. De entre todas las personas que me encontré me enterneció profundamente un chico de unos quince años –presupongo ha estado en condiciones de calle por como se veía- vendía dulces, se me acercó y me ofreció tres por mil, y me habló sobre la necesidad de protestar por la educación de los niños, yo le dije que de la suya también y me dijo que él ya había estudiado, entonces le dije que para que tuviera mejores oportunidades, y me sonrió. Más adelante se me acercó un señor vendiendo chitos y una niña de la mano, yo le compré los chitos y se los di a la niña, ella me miró y se despidió con una larga mirada mientras se alejaba entre la gente.

De nuevo no puedo dejar de pensar en que el futuro debe ser mejor, y puede ser mejor para ese chico y esa niña, puede ser mejor para todos aquellos que están en la primera línea resistiendo, para todos aquellos que hemos estado resistiendo la vida sobreviviendo, para todos aquellos que resistimos al ritmo de la música bailando, saltando y cantando, con la alegría propia de jóvenes que rompen el silencio de un orden establecido, un orden que nos ha condenado a mendigar lo que nos pertenece por derecho. Y son los más jóvenes los que con más ímpetu gritan por un país en el cual se pueda vivir en paz, pero no en una paz llena de silencio como la de los cementerios, sino una paz en la que el miedo no esté presente y la vida florezca.

Y precisamente por esta paz seguimos en las calles, unas calles que el gobierno quiere despejar a como dé lugar, quiere despejar todas las vías del país para que el orden que para él es económico se restablezca, es por esto que quiere acceder al puerto de Buenaventura a cualquier precio porque sus mercancías no fluyen, pero los porteños -así como todos los colombianos- están bien parados como hace cuatro años, porque el Puerto es mucho más que un paso de mercancías –porque Colombia es mucho más que una mina-, es un territorio lleno de historias que se reinventan a pesar del abandono, es un territorio que se niega a seguir arrodillado, un territorio que se levanta porque nosotros somos de la tierra, somos la tierra en la que nacimos y la que nos dio forma, por eso levantamos el brazo y gritamos resistencia.

Y continuamos en píe de resistencia contra un orden que nos excluye, que nos quitó la dignidad de la vida, y fue precisamente en esta exclusión donde nos hemos encontrado, nos quitaron el trabajo, la salud, la educación, y nos volvieron a unos contra otros, y de tanto quitarnos, y de tanto matarnos, también nos quitaron lo que nos mantenía callados, nos quitaron el miedo. Nos estamos convirtiendo en una comunidad que no tiene nada más que perder que la vida, una vida sin dignidad, pero ¿tiene sentido vivir una vida sin dignidad? Nos han vendido la idea de que la vida es el valor supremo, no estoy de acuerdo, el valor supremo es la dignidad, y ella ha sido el fundamento del mundo moderno, es por dignidad que las grandes revoluciones dieron paso al mundo moderno, es por la dignidad que la democracia se ha convertido en el modelo político por excelencia, es por la dignidad que la protesta social es un derecho fundamental.

Son los desposeídos los que siempre han incomodado al Statu quo excluyente, son ellos los que siempre han estado en la Primera línea y son ellos los que han perdido la vida por exigir el reconocimiento de su dignidad. Una resistencia que brillaba tenuemente y fácilmente se sofocaba, porque eran pocos, porque estaban solos, porque también eran los excluidos de la sociedad, de los que tenían un poco más de comodidad, de los que tenían por lo menos un sueño, a ellos –los desposeídos- les han despojado incluso de la posibilidad de soñar, porque para soñar es necesario tener un lugar o ser consciente del derecho que tenemos a él. Y diciendo esto, recuerdo un video en el que se ve a una persona en estado de calle gritando “cuando ganen no se olviden de nosotros, que también somos personas”.

Pero la depauperización ha sido tal que los puer rubustus ya no son los excluidos de la sociedad, es la sociedad en su totalidad, esta es la razón por la que gran parte de la sociedad se ha volcado a las calles (y no todos porque algunos todavía se aferran a las migajas de una comodidad

excluyente) y todos gritamos al unísono con digna rabia “a parar para avanzar, viva el paro nacional”.

EL ESTADO COLOMBIANO ES UN MONSTRUO ILUSTRADO CONTRA EL CUAL EL PUEBLO SE HA REBELADO

Por: Andrés García

Llevamos diecinueve días en paro, un paro que ha dejado más muertos que en cualquier otro país de la región, y un sinnúmero de heridos. Varios análisis han arrojado como conclusión que lo mejor es negociar y terminar el paro, los noticieros centran sus noticias en las perdidas que está dejando el paro, y muchas personas que tienen pequeños y medianos negocios imploran porque el paro se levante para poder equilibrar un poco sus ingresos y así no caer en la pobreza; y es que la pobreza en Colombia es de tales dimensiones que según el DANE en Colombia hay veintiún millones de personas en estado de pobreza, creería que la cifra es mayor por los criterios sobre los que establecen dichos estándares de pobreza. Sin embargo, el paro no se levanta.

He escuchado a varias personas de la Primera Línea afirmando tener todo el tiempo para resistir, que la lucha ya no es por las reformas del gobierno, es simplemente que en este país desde hace mucho tiempo no se puede soñar, no se puede planear un futuro porque ni siquiera el presente está seguro. Vivimos en un país donde más de la mitad de la población no tiene derechos efectivos, y eso que estamos –según el ex-presidente Uribe Vélez- en una de las democracias más fuertes, déjeme decirle señor Uribe Vélez que una democracia no es tal por el mero hecho de salir a votar el día de las elecciones, no.

La democracia está fundada en los principios expuestos por la revolución francesa “igualdad, libertad y fraternidad”, nuestra democracia se fundó bajo dichos principios, se puede decir que somos hijos de la revolución francesa, pero sin haber luchado por dichos principios. Los lideres de la independencia lucharon por su libertad, pero no por la libertad de su pueblo, y así construyeron una democracia ilustrada pero sin negros, sin indígenas, sin mujeres, sin pobres, una democracia en la que sólo los ilustrados –los que tenían conocimientos académicos- y los rico eran ciudadanos; el resto, era sólo una masa amorfa de gente que existía para que ellos pudieran practicar su democracia.

Y así se fue estructurando este país que con el paso del tiempo le fue otorgando derechos de papel a los nadie, hasta que todos llegamos a ser ciudadanos de papel, cuyo principal objetivo era sostener una clase privilegiada que hasta el día de hoy se ha sostenido en el gobierno. Un gobierno que gobierna con pluma y con plomo. Sin embargo, a esta clase dirigente se le ha

olvidado que la democracia está fundada no sólo en la igualdad ante la ley sino en la igualdad de oportunidades las cuales se consiguen por medio de la igualdad en educación, cosa que aquí no hay, pues los hijos de los dirigentes terminan su escolaridad hablando varios idiomas, escribiendo ensayos sobre derechos humanos, y realizando ecuaciones de tercer grado, y los hijos de los otros a duras penas leen, escriben, suman y restan. Unos son educados para dirigir y los otros para sostenerlos. Esto no es una democracia, es un despotismo enmascarado con discursos demagógicos.

La democracia está fundada en la libertad, es decir el poder de decidir qué hacer de nuestra vida; pero esta libertad sólo se puede dar en un sistema democrático, es decir en el que el mismo pueblo se forje sus propias condiciones de vida, y en esto consiste la gran riqueza de la democracia no en elegir a sus gobernantes, sino en construir entre todos las mejores condiciones de vida deseada, y esto sólo lo puede hacer un pueblo unido, que deja a un lado las diferencias para trabajar por un presente en el cual la vida sea digna de vivirla, es decir que la experiencia humana sea tal que todos queramos vivirla y que el futuro no sea un camino incierto sino un bello horizonte que nos marca el camino.

No se nos puede olvidar que para construir un presente en el que haya las condiciones dignas de vida y un futuro en el cual queramos estar es imprescindible que los lazos fraternos estén cada vez más fuertes, pues –como lo dijo Aristóteles- somos animales políticos, es decir sociales, solamente en comunidad podemos desarrollar todas y cada una de nuestras habilidades, solamente en comunidad podemos desplegar toda nuestra potencialidad y tener la mejor experiencia humana posible, pues en la comunidad desarrollamos nuestras habilidades y las ponemos al servicio de los otros, porque no somos individuos aislados, somos sujetos políticos, y por lo tanto, todos somos para todos.

Y justamente esto es lo que están mostrando y nos están enseñando los ciudadanos de la Primera línea. Han dejado atrás sus diferencias porque se dieron cuenta que el enemigo no es el otro (el que piensa diferente, el que gusta de otro equipo, el que vive en otro barrio, etc.), el enemigo es el Estado. Un Estado que nunca los ha tenido en cuenta, que los vulnera, que los ningunea. Un Estado que desde hace mucho, tal vez desde su nacimiento, nació corrupto, y que su único objetivo no es el bienestar de sus ciudadanos sino el de vivir como reyes, príncipes y demás cortesanos; es tanto así que aquí cuando nos encontramos al jefe haciendo una fila le damos nuestro puesto, y a cualquier mando medio le decimos doctor y le hacemos la venia. El Estado colombiano no es más que un monstruo que cubre su despotismo con leyes.

El Estado colombiano es desde hace mucho tiempo un monstruo que nos come de a poco, nos va quitando la vida quitándonos los sueños, la esperanza de un mejor mañana, y lo ha hecho por tanto tiempo eliminando a los líderes y lideresas que han luchado desde sus territorios por un mundo mejor, no se nos puede olvidar los 753 líderes y lideresas asesinados en Colombia entre 2016 y 2020, y 62 en lo que va del presente año, tampoco se nos puede olvidar quienes apostaron por la paz y firmaron el acuerdo, ya son 22 ex combatientes asesinados en lo que va del presente año, según Indepaz. El día de ayer el ministro de defensa señaló a reconocidos líderes de Popayán como miembros de la disidencia de las FARC, cuando en realidad son miembros activos de la sociedad que trabajan por un mejor país, como lo son Daniel Gallego estudiante de filosofía de la Universidad del Cauca y defensor de derechos humanos, Andrés Maíz también defensor de derechos humanos y gestor cultural, y Andrés Duque estudiante de la Universidad que articulando la academia con las necesidades sociales trabaja por un futuro esperanzador. Lo que hace el ministro al señalar a estos líderes como a tantos otros no es más que poner en práctica la doctrina del enemigo interno que consiste en condenar a quienes pensamos diferente para intentar acallar la dignidad de un pueblo.

Los líderes sociales y la primera línea son la resistencia que hoy continúa en las calles y que ya no sólo es para que no nos suban impuestos, sino también para que no nos sigan pisoteando, para que no nos sigan estigmatizando por trabajar por un mejor país, por soñar, es por la dignidad de un pueblo que ha sido explotado desde siempre, que no ha sido reconocido como igual, que no ha sido reconocido como un sujeto político, pero que justo ahora está dejando de ser esa masa amorfa para convertirse en un sujeto político que exige y no negocia sus derechos. El derecho de vivir en paz, en una paz digna.

El Estado moderno democrático no es una institución que debe ser respetada per se, es una institución creada con el objetivo de que nadie pase por encima de nadie, que los recursos sean distribuidos de tal manera que todos disfruten de la experiencia humana dignamente, y un Estado que le ha dado la espalda a su deber democrático debe ser tratado como un monstruo que devora a su pueblo. Como decía Carlos Gaviria Díaz “no somos una democracia, somos un pueblo con una vocación democrática”, y es esta vocación, esta consciencia de dignidad la que nos debe llevar a permanecer en resistencia.

LA “GENTE DE BIEN” Y EL STATU QUO EN COLOMBIA

Por: Andrés García

Muchos de los atentados que hemos sufrido los manifestantes en los últimos días en varias ciudades del país han sido a manos de civiles que se han movilizado en camionetas de lujo con vidrios polarizados desde las cuales disparan contra ciudadanos desarmados que estamos exigiendo mejores condiciones de vida, porque en Colombia las mínimas condiciones de vida digna se convirtieron desde hace mucho tiempo en privilegios, porque los gobiernos nos vendieron como la gran oportunidad para vivir mejor un modelo económico (neoliberalismo) que convirtió en mercancía los derechos.

El neoliberalismo fue adoptado por Colombia como modelo económico en el gobierno de César Gaviria en 1991, con la gran promesa de que la apertura económica traería mejores oportunidades a todos los sectores económicos del país, de que los tratados de libre comercio serían la gran oportunidad para que todos los colombianos pudiéramos acceder a las mejores mercancías del mundo y así poder disfrutar de todo lo que disfrutan los ciudadanos del primer mundo aun estando en el tercero. Lo que no nos dijo el gobierno es que poder acceder a las mercancías del primer mundo tenía un costo, y éste consistía en vender nuestros derechos.

El neoliberalismo tiene como consigna que todo lo que puede ser vendido debe serlo, y esta consigna se llevó a cabo al píe de la letra en Colombia, tanto así que poco tiempo después de adoptado el modelo se privatizó la salud por medio de la ley 100, en la cual se dejaba en manos de privados la atención de la salud de todo el país, privados que se hicieron absurdamente ricos con el dinero de todos los contribuyentes que tenemos que aportar obligatoriamente un porcentaje de nuestro sueldo mensualmente a cambio de un tratamiento miserable, porque de lo contrario no dejaría ganancias a los operadores de la salud, pues la salud se convirtió en un negocio; el negocio de los ricos y en un lujo, pues solamente los que pueden pagar pueden disfrutar de un tratamiento digno, los otros, los excluidos no tenemos derecho a la salud, tanto así que para acceder a tratamientos tenemos que hacerlo por medio de una tutela no por el derecho a la salud, sino por el derecho a la vida, pues si se vulnera el primero se vulnera el segundo. Y así nuestro país se llenó de “grandes emprendedores” de la salud que se hicieron ricos con los dineros de todos y la muerte de muchos.

El neoliberalismo también nos quitó la posibilidad de un trabajo estable y poder proyectarnos en la vida, pues se establecieron políticas que en lugar de favorecer a los empleados favorecieron a los empresarios y así se flexibilizó la contratación laboral, se volvió general que las alcaldías y gobernaciones, y demás instituciones estatales y empresas privadas no contrataran directamente a las personas que trabajarían para ellos sino que contratan por medio de una cooperativa de trabajo, es decir un tercero (los “grandes emprendedores” tuvieron de nuevo su oportunidad al contratar con el Estado y no tener ningún vínculo laboral con sus trabajadores) así como tampoco lo tienen las instituciones estatales. Así es como pasamos de un contrato de trabajo que daba estabilidad y la posibilidad de proyectarnos a ser profesionales o mano de obra no contratada directamente sino tercerizada y sin ningún vínculo con ninguna empresa, en pocas palabras trabajadores de nadie.

El neoliberalismo también privatizó la educación y abrió la posibilidad a que los “grandes emprendedores”, los visionarios, la “gente de bien” invirtiera en este nuevo negocio: la educación. Y así vimos aparecer de la noche a la mañana un sinnúmero de escuelas que recibían por estudiante un dinero del Estado, un sinnúmero de institutos y universidades de garaje que abrían estudios técnicos y tecnológicos para “formar” en la oferta que demandaba el sector empresarial del país, pues la oferta de las universidades estaba sobre calificada, porque –como lo dijo el presidente Santos en el 2011- “el país tiene muchos profesionales pero necesita más técnicos y tecnólogos”, y así formando en mano de obra barata los “grandes emprendedores” de la educación se volvieron ricos con la necesidad y la esperanza de todo un pueblo.

¿Cómo olvidar el negocio del narcotráfico con el que desde sus inicios políticos se ha vinculado al ex presidente Uribe Vélez? El último caso registrado fue el del embajador de Colombia en Uruguay, Fernando Sanclemente, quien en su finca en Guasca (Cundinamarca) se encontró un laboratorio para el procesamiento de base de coca a inicios del año pasado, y hasta el momento no ha habido ninguna investigación seria sobre este asunto. Y en este negocio de las drogas, por supuesto que entraron a hacer parte de él los “grandes emprendedores” colombianos que vieron sus ganancias elevarse por los cielos en un negocio formalmente ilegal.

Por otra parte, no podemos olvidar que una de las premisas del neoliberalismo es la consecución del Estado mínimo, es decir un Estado que no intervenga en el mercado, ni limite la propiedad privada, y abandone cualquier responsabilidad con la ciudadanía a excepción de la protección de la propiedad privada, en otras palabras un Estado policial. Justamente aquí presenciamos cómo se formaron los grandes terratenientes contemporáneos en Colombia, apoderándose de tierras que

eran despojadas a los campesinos por el accionar de grupos paramilitares; grupos que surgieron precisamente para proteger los intereses de los hacendados que no podía garantizar el Estado, esta es una de las razones por la que las ciudades crecieron de forma exponencial, porque recibieron a todas las familias que fueron despojadas de sus territorios. Y de nuevo encontramos aquí a los “grandes emprendedores” que vieron en esta dinámica la posibilidad de “comprar” tierras despojadas a muy bajos precios, y así emprender en el negocio de los monocultivos y la ganadería extensiva.

He realizado todo este recorrido para comprender un poco quién es la “gente de bien”. Son las personas que vieron en el nuevo orden político-económico la oportunidad hacer crecer sus ganancias con poco esfuerzo y corto tiempo. Son personas para quienes lo más importante es el obtener ganancias a cualquier precio. Son personas que se creen más que los demás porque ser es tener, y por esta misma razón hay que tener siempre más. Las “personas de bien” son aquellas que se juzgan a sí mismas con sus propios valores: estéticos, éticos, urbanísticos y morales; es por esto que cuando su paz se ve interrumpida por quienes no alcanzamos dichos estándares o no los compartimos se autoimponen el deber moral de pacificar al pueblo, así sea a sangre y fuego y con acompañamiento de las fuerzas estatales, como lo vimos ayer –nueve de mayo- al sur de Cali.

Pues ellos se consideran los herederos de los “grandes emprendedores” españoles que llegaron a estas tierras en busca de riqueza y poder, y con la venia de la corona asolaron estas tierras y subyugaron a sus pueblos y se erigieron en señores de bien. En los “Señores” del país que se consideran más que todos los demás, y por esto se adjudican el poder de las armas para continuar eliminando al pueblo. Esta es la “gente de bien” de mi país. Una gente que puso a todo un pueblo a trabajar para ellos.

TODOS SOMOS LUCAS


Por: Andrés García

En la noche de ayer cinco de mayo asesinaron a Lucas Villa, no lo conocí pero en los vídeos se ve a un hombre que salió a marchar por el derecho de vivir en paz, un hombre alegre que en cada marcha bailaba al son de los tambores de la resistencia, un hombre que se subía a los buses a hacer pedagogía sobre las razones del paro, y seguramente de la necesidad de éste para alcanzar una Colombia donde quepamos todos. Ayer en la noche la “gente de bien” de este país salió en su carro de lujo a hacer su paz, y asesinaron a Lucas.

La consigna “todos somos Lucas” no desconoce a todos los hombres y mujeres colombianas que han sido asesinados en estas jornadas de resistencia, más bien los engloba en una figura de un hombre pacífico pero no indiferente, un hombre que resistía la violencia del Estado Colombiano con mucho carisma, y según sus allegados, con mucho amor. Y si bien todas las vidas valen en sí mismas por el mismo hecho de ser vidas humanas –algo que no hemos entendido los colombianos-, muchos se identificarían mucho más con Lucas que con los chicos que están haciendo frente todos los días en la primera línea de resistencia en las calles, una primera línea sin la cual éstas jornadas seguramente ya se habrían terminado, pues son ellos los primeros que salen todos los días a invitarnos a continuar resistiendo y quienes se exponen totalmente al fuego del Estado –un fuego criminal.

Y digo que el fuego del Estado es un fuego criminal porque es un fuego en contra de la población civil y desarmada, en todo caso en condiciones de inferioridad para enfrentar a grupos armados y entrenados como lo son la policía, el Esmad, o cualquier otra fuerza armada organizada. Solamente un Estado criminal le permitiría a los integrantes de las fuerzas del “orden” disparar directamente a los manifestantes con armas ya sean éstas convencionales o no. Y digo permitir porque eso es justamente lo que hace el Estado Colombiano cuando le toca imponer las sanciones correspondientes a estas faltas graves en el contexto de los derechos humanos.

Y sin embargo, la cuestión no acaba con el fuego directo a los ciudadanos, sino que es ya una práctica común entre los integrantes de la policía nacional el infiltrar las marchas y manifestaciones en general con policías de civil, que en un contexto como este debe de ser tenido como una falta grave, porque pueden ser ellos mismos los que inician los actos de vandalismo y violencia, acciones que ante los ojos de la comunidad le quita fuerza y legitimidad a la protesta social; pero la cuestión es mucho más grave, y es que en muchos casos han quedado en evidencia audiovisual agentes de la policía con sus números

de identificación ocultos, ya sea porque se los quitan o se colocan una prenda sobre el uniforme, con el fin de no ser identificados, y si bien lo primero puede ser tenido como una práctica legal, lo segundo definitivamente no puede ser legal porque lo hacen con la intención de hacer daño y no ser reconocidos, se podría decir que su actuar no difiere en mucho del accionar paramilitar.

Uno podría pensar que estas son prácticas institucionales y que los “agentes del orden” solamente siguen ordenes así como lo hacían los soldados nazis a la hora de ejecutar el genocidio judío, sin embargo, la cuestión aquí es mucho más problemática que el seguir o no una orden, pues la sentencia C-082 de 2018 de la corte constitucional en su parágrafo 24.2 considera que “al estar desprovista de la disciplina castrense, no hay lugar a la aplicación en la Policía Nacional de la obediencia debida, de manera tal que quienes ostentan materialmente el uso de la fuerza armada están subordinados a sus superiores solo desde el punto de vista funcional y no administrativo, lo que implica su responsabilidad en la ejecución de las ordenes que reciban”. Esto implica que los agentes de policía no están sujetos a seguir una orden como la de disparar a civiles, esto lo hacen ellos mismos bajo su propia iniciativa y bajo su propia responsabilidad, es por esto que muchos de ellos ocultan sus números de identificación, y en varias ocasiones –según noticias Uno en la emisión del domingo dos de mayo del 2021- los policías no disparan con sus armas de dotación sino con otras.

Las instituciones son lo que hacen las personas que las representan, entonces tenemos que preguntarnos ¿quiénes son los que integran las fuerzas del “orden” en Colombia? Y si quienes integran esta institución de protección no sólo del orden sino del bienestar de sus ciudadanos actúan de forma criminal, entonces podemos concluir que la institución de la policía en Colombia no es sólo una institución corrupta sino una institución criminal que sale a matar ciudadanos que están ejerciendo el pleno derecho democrático y constitucional de la protesta.

Y como si esto fuera poco, nosotros, los que marchamos por el derecho de vivir en paz, como Lucas, una paz que no tenga hambre, ni desempleo, ni intemperie, ni niños muriendo, y un no-futuro que nos lleve a las calles precisamente a exponer nuestras vidas no solamente contra la institución policial sino que también tenemos que enfrentarnos con la “gente de bien” que no sólo se creen dueños de todo aquello que se puede comprar sino también de las vidas de aquellos que resistimos por un país más digno, donde vivir no sea sinónimo de sobrevivir.

COLOMBIA: UN PAÍS DESMEMBRADO

Por: Andrés García  Fuente: Matador En los últimos días nos hemos encontrado con cabezas en bolsas de plástico, cuerpos desmembrados tirados...